Petroleo la verdadera causa de intervención que Washington ya no disimula

Foto: REDES

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Nueva York.— La intervención de Estados Unidos en Venezuela marca un punto de quiebre en la historia de su política exterior: por primera vez en casi dos siglos, la Casa Blanca prescinde del disfraz ideológico y reconoce sin rodeos su motivación central: el control del petróleo, los minerales estratégicos y el freno al avance económico de China en América Latina.

El presidente Donald Trump no ha hablado de libertades ni de amenazas globales. Ha hablado de recursos. La próxima semana se reunirá con ejecutivos de Chevron, ConocoPhillips y ExxonMobil para definir el futuro de la industria petrolera venezolana, una industria que, en palabras del propio mandatario, ahora pertenece a Estados Unidos.

El mensaje no ha pasado desapercibido en los mercados financieros. Las acciones de Chevron y de otras empresas de servicios petroleros se dispararon tras los anuncios, pese a que expertos advierten que la reconstrucción del sector venezolano demandaría inversiones colosales en un momento de precios deprimidos y exceso de oferta global.

Dentro de la industria, la cautela domina. Ejecutivos han señalado que, sin estabilidad política y sin condiciones claras, resulta arriesgado comprometer miles de millones de dólares. Aun así, el gobierno de Trump ha deslizado la posibilidad de cubrir parte del riesgo mediante subsidios y garantías públicas, socializando costos para facilitar la entrada de capital privado.

Pero el petróleo no es el único botín. Washington también ha puesto en la mira otros recursos estratégicos presentes en Venezuela y en la región. La narrativa oficial retoma viejos postulados de la Doctrina Monroe, ahora actualizados bajo el argumento de combatir la “amenaza” china en el hemisferio.

China, sin embargo, ya ocupa una posición dominante. Es el mayor socio comercial de América Latina y uno de los principales compradores de crudo venezolano. Además, ha invertido miles de millones de dólares en infraestructura y energía, inversiones que difícilmente serán desplazadas por Estados Unidos.

Académicos y analistas coinciden en que la presión estadunidense tiene límites evidentes. Ningún gobierno sudamericano está dispuesto a sacrificar sus exportaciones clave a China a cambio de promesas políticas de Washington. La dependencia económica es un hecho consumado.

Así, el caso venezolano desnuda la jerarquía real de prioridades en la política exterior estadunidense. La lucha contra el narcotráfico, la defensa de la democracia o la denuncia de gobiernos autoritarios quedan relegadas frente a la disputa por el petróleo, los minerales críticos y la influencia china.

La diferencia, esta vez, es que ya nadie en Washington intenta ocultarlo.