HISTORIAS EN EL METRO: EN ROJO

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Por Ricardo Burgos Orozco

La gente entendimos mal los mensajes de la “nueva normalidad” porque parece que la indicación fue ¡Salgan todos a la calle! Ahora veo muchos más usuarios en el Metro. Es cierto que la mayoría trae cubrebocas cumpliendo la obligación impuesta el 17 de abril pasado, pero particularmente en las mañanas y en las noches estaciones como Pino Suárez, Balderas, Zapata, Hidalgo, Cuatro Caminos, Centro Médico, Mixcoac, volvieron a las aglomeraciones de antes de la pandemia.

Se supone que la recuperación en la Ciudad de México va a ser paulatina, pero dependerá del semáforo epidemiológico diario que medirá la ocupación de los hospitales y el aumento o descenso de nuevas hospitalizaciones de pacientes de COVID 19. El semáforo en la capital del país sigue en rojo, por lo tanto, se mantiene la sugerencia de permanecer en casa si no tenemos necesidad de salir a la calle.

El uso de cubrebocas es obligatorio en la capital ahora y en especial en el Sistema de Transporte Colectivo por las posibilidades de contagio en el contacto entre la gente en cada viaje y las zonas de riesgo del transporte. Sin embargo, hay muchas personas que se resisten como el jueves pasado en la estación Coyuya; vi a una mujer de unos 70 años de edad, acompañada de dos hijos, una mujer y un hombre; los tres venían sin mascarilla. Le pregunté a la dama y me dijo que sienten que se ahogan y no pueden respirar, por eso no la usan.

Un hombre con acento cubano, calvo y de tez morena, de unos 45 años, se me acercó y me dijo: la gente no entiende que es necesario el cubrebocas para poder viajar en el Metro. Curiosamente el hombre traía mal puesto su tapabocas de tela, abajo de la nariz.

En Atlalilco pregunté a un vigilante sobre el aumento de usuarios y de familias viajando como si nada y sin protección en el Metro. Me dijo: ojalá que no pase nada malo porque es muy riesgoso. Otro policía en la misma estación, me señaló: dijeron que había que salir poquito a poco, pero ya se confiaron.

En algunas estaciones hay señalamientos de sana distancia, pero nadie los respeta cuando se trata de esperar o abordar el tren. Eso lo observé en Portales y luego en Observatorio. Los usuarios no se fijan en los anuncios y menos los toman en cuenta en el andén. Tampoco han hecho mucho caso de la campaña de guardar silencio  en los trayectos para evitar la expulsión de gotículas de saliva que pueda provocar contagios.

Preocupa ver a familias con sus hijos menores de edad “paseando” en el Metro como si la pandemia se hubiera acabado cuando estamos en el pico más alto de los contagios. En la estación Zócalo vi a una pareja de unos 27 años de edad con sus hijos pequeños, sin cubrebocas. Ahí mismo, iban saliendo tres mujeres jóvenes con una niña; parecía que iban a pasear al centro, iban muy contentas, también sin ninguna protección.

Para agravar la situación, frente a Palacio Nacional hay dos plantones, uno de familias de personas desaparecidas – que ocupan incluso parte de la avenida frente a la plancha del Zócalo — y el otro de un movimiento nacional petrolero llamado “Joaquín Hernández Galicia”.

 

El Centro Histórico ya no se ve sólo; incluso hay algunos turistas que caminan por las calles cercanas a la Catedral Metropolitana, toman fotos y pasean como si nada. A un costado del recinto religioso ya regresaron los tradicionales electricistas, plomeros y albañiles, que ofrecen sus servicios a las personas que pasan.

En Chabacano vi a uno de los muchos jóvenes de las brigadas dedicadas a ofrecer gel a la gente dentro de las estaciones del Metro. Me dijo que acaba de entrar; antes trabajaba en Petróleos Mexicanos, pero lo despidieron con los recortes recientes; no tenía empleo, le ofrecieron esto temporal y lo aceptó.

La tarde del jueves, ya de regreso a casa, abordé en Salto del Agua. Vi en uno de los pasillos a tres policías coqueteando con dos chicas repartidoras de gel, en lugar de hacer su trabajo. Pensaron que les había tomado fotos y se me acercaron a reclamarme. Uno de ellos, el más joven, me tomó del brazo y me exigió en tono amenazante le mostrara mi galería del celular ¡Es privada! Le dije; di la vuelta y me retiré sin que ninguno pretendiera detenerme.

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